lunes, 26 de septiembre de 2011

Capítulo 1.

La luz de la luna entraba por los cristales de la habitación haciendo que viese aún más hermoso el cuerpo de la joven que aún permanecía entre las sábanas. Ella no se movía, dormía plácidamente. ¿Su nombre? Lo desconocía. Ni tan siquiera me importaba. Su cuerpo era lo que había poseído y no su corazón, o al menos esa era mi intención.
Miré por la ventana contemplando la calle que estaba desierta. Nadie paseaba ya a esas horas por ella.
Cerré mis ojos y vi los pechos de la amante que esa noche había tenido votando delante de mí. El deseo se hizo patente en mi entrepierna y volví a abrir mis ojos.
Aquella mujer era una de tantas que habían pasado por mi cama. Unas más hermosas que otras, unas con dueño y otras sin él. No me importaba apoderarme de lo que no era mío. Conseguía conquistar a cualquier mujer que desease. En mi mente solo había lujuria, no conocía el porqué de desear pasar toda la vida con una misma persona.
Fruncí mis labios pensativo y caminé hacia aquella presa que había ganado esa madrugada. Me incliné sobre el cuerpo tranquilo de aquella joven y me deshice de las sábanas que cubrían su cuerpo.
- Despierta –dije bruscamente.
La joven lo hizo de inmediato asustada por el tono de mi voz. Me miró con sus ojos castaños llenos de incomprensión. Había podido ser un amante que había dicho las frases que toda mujer deseaba oír pero ahora jamás consentiría que se pensase lo que no era. Había sido el príncipe de los sueños para que así se entregase a mí pero no dejaría que se pensase la única amante del mundo para mí pues no era así.
- Vete –musité mirándola a sus ojos.
- ¿Por qué? –preguntó aún confusa.
- Porque ya has terminado lo que viniste a hacer aquí. Vuelve a tu casa con tu esposo que te estará esperando. No creo que haya notado mucho tu ausencia ya que me dijiste que es un borracho –respondí. 
Me miró frunciendo el ceño y me soltó una cachetada. Antes de que rozase mi piel paré su mano y apreté su muñeca hasta causarla daño. No me importaba lo más mínimo que me odiase, volvería amarme, volvería a necesitar mi apetito sexual para saciar el suyo que su marido no era capaz de cubrir. 
- ¡Daniel! -gritó por el dolor y tapé su boca con mi otra mano. 
- No grites -bramé-. Recoge tus cosas y lárgate. 
La solté me dí la vuelta y miré por la ventana esperando hasta que escuchase el ruido de la puerta porque se había ido de mi hogar. 

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