No pasó mucho más tiempo. Ella estaba dolida por los comentarios y por todo lo que había cambiado de llamarla mi amor hasta degradarle a tal nivel pero al final ella misma se había dado cuenta que lo era. Era una simple cualquiera que se había entregado a otro con tan solo unas palabras bonitas y un susurro. ¿No había oído hablar de las mentiras? No era la primera mujer que con cuatro halagos había entrado entre mis sábanas.
Si los hombres supiesen todo lo que pueden conseguir de una de esas diosas diciendo las palabras adecuadas... Reí para mí mismo mientras me giraba. Debía dar una vuelta mientras el olor a lujuria desaparecía de la habitación.
Me vestí rápidamente y salí por la puerta. El frío gélido del viento nocturno dio como una bofetada en mi rostro. Sonreí. Esa sensación era la que necesitaba en ese mismo momento, ninguna otra.
Paseé hasta que me percaté que seguía el mismo trayecto que la mujer que antes había yacido en el camastro que utilizaba para dormir. Sigilosamente me di media vuelta y volví sobre mis pasos y tomé otra ruta en la que sabía que ninguna cortesana podría molestarme.
No dejé de pasear hasta que llegué hasta una verja mirando fijamente al jardín del que eran dueños los recien llegados al poder Devonshire.
Cuanto les envidiaba a los horribles Devonshire que en tan extrañas circunstancias habían llegado y aparecido para adueñarse de un reino que ya no les deseaba aunque algunos miembros de la realeza se habían ganado el favor del público. Dos de ellos, que siempre, en todas partes aparecían juntos. Los detestaba, yo teniendo que pedir en cualquier parte para comer, consiguiendo las pocas cosas que podía por meterme a cientos de mujeres entre mis sábanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario