Seguí aquella llamita viendo como se desvanecía de vez en cuando entre los árboles consiguiendo que mi desesperación fuese tal que terminase apretando mis puños y golpeando el petril con ellos hasta que volvía a aparecer unos pasos más adelante. Me apresuré y me quedé frente a ella ya que había rodeado un lateral de la verja hasta llegar a una pequeña esquina por la que continuaba aquel impedimento de metal.
La lucecilla despareció y la ansiedad volvió. Como loco busqué una puerta y unos veinte metros la tenía. Necesitaba contemplar ese cuerpo y meterme en él de la manera más voraz.
Abrí el candado cuando escuché un grito. El sonido de varias espadas moviéndose con rapidez mientras alguien desenvainaba un arma. No, ahora no. Cerca de donde estaba dos hombres se estaban peleando por la compañía de una cortesana. La guardia de palacio salió para evitar el altercado mientras escuchaba unos pasos como si alguien corriese. Imaginé que sería la chica volviendo al palacio por lo que lleve mi mirada hacia el altercado.
- ¡No la toques, escoria! -gritó uno de los hombres el que estaba armado con tan solo una chaqueta ligeramente roída como prenda más elegante. Era más que obvio que se dejaba todo el dinero en damas de compañía y por lo que parecía se había debido enamorar de esa cortesana, estúpidamente por su parte.
Por experiencia sabía que los amores de las cortesanas eran todos muy cortos y falsos. Quien tenía dinero para pagarlas sus caprichos era el amor de su vida mientras que todas me deseaban en sus camas mientras el otro dueño de sus almas les hacían lo que ellos pensaban que era el amor.
- No se peleen -dijo uno de los guardas del palacio.
Reí internamente al ver quien era la fulana motivo de tal discusión. Lorelaine, la mujer más vanidosa que jamás había conocido y por supuesto la más mentirosa. Se metía entre las camas de todos los ricos solo por el dinero mientras pensaba que en dos horas más iría a visitarme a mi casa pidiéndome o incluso podría decir rogándome que la hiciese mía para así borrar de sus entrañas que otro hombre la hubiese reclamado como suya por el dinero que fuese.
- Estúpidos -susurré.
- ¿Qué ocurre? -dijo una voz tímida a mi espalda y me giré sorprendido.
Allí estaba ella. La mujer que me había cautivado en la lejanía estaba a escasos centímetros de mí mirando el altercado y preguntándome que estaba sucediendo. ¿Acaso se daba cuenta que se estaba poniendo en peligro al no haber vuelto al palacio?
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